LA OTRA VIDA DE NADIA

Hola chicos, ya ayer algunos os disteis cuenta de que parece que he vuelto, pues sí parece que sí, pero no sera como antes, ni para siempre, solo quería continuar una historia que hice en su tiempo nada mas, y si se me ocurre algo también lo escribiría, pero seguro que sería aletoriamente sin días específicos, también quiero dar las gracias a MELBA, que como en la primera historia me ayudó mucho, pues en esta igual, gracias princesa por todo, sé que soy un cafre, pues allá vamos, esta es la historia, espero recordéis la primera…

 

LA OTRA VIDA DE NADIA

 

La joven corrió hacia su habitación de una manera chulesca meneando con intensidad sus ya apreciables y resultantes caderas, mientras mascaba chicle a esas horas de la mañana. Se aproximó al ventanal y puso sus dos manos pegadas al cristal. A la vez pego su tez sobre él, juntando la nariz y la boca sobre la ventana.

—Mira mamá! —dijo—. Por fin han crecido las hojas de los árboles, y así entra menos luz, podemos ver a la gente pasear con sus perros retozarse sobre el césped. ¿No te parece maravilloso? Les puedo tirar un pollo sin que se enteren. Es muy osado y atrevido, pero me gusta tener estas aventuras e intentar que nadie te vea.

Con estas la chavala, hizo un gran esfuerzo para sacar un gran escupitajo con flema, y dijo:

—Vamos, madre. Abra la ventana rápido, que se acerca el señor Robles con el pesado de su perro que está todo el día ladrando y molestando. Verás lo que les caerá encima.

—¿Qué dices hija?  Quién te ha visto, y quién te ve… Tú no eras así —respondió la madre—, pero por favor quita tu cara del cristal, vividora, que, si no, mañana me vuelve a tocar limpiar todas las marcas que me dejas, y he de decirte que no es nada agradable. Parece que a tu edad ya lo haces hasta adrede. Tendré que hablar muy seriamente con tu padre sobre estos asuntos.

—Uy, sí ¡Perdona mamá! Es la costumbre.

—Tu costumbre ya empieza a parecer que es a propósito y te estás pasando Nadia, y te tienes que quitar. ¿Sabes dónde está tu padre? Tengo que hablar con él.

—Me imagino que en el salón. Ha sido él que ha venido a despertarme, para que abriera la ventana de mi habitación, dice que huele a tigresa. Sabrá él como huelen las tigresas… Tú eres la única tigresa que hay en casa, y me da que de tigresa ya te queda poco, si te queda…

—¿Cómo puedes hablar así de tu padre? ¡Con lo que ha hecho por ti! Lo que se ha preocupado y movido por ti… ¡Anda, Nadia!  Búscale, dile que quiero hablar

con él.  ¡Pero, corre! —dijo desesperada y agobiada.

Nadia era ya una zagala a punto de cumplir los dieciocho años, y su vida se había vuelto muy distinta a la de antes, era muy pasota con todo y se había juntado con mala gente, excepto con su amigo Carlos. Con él que seguía hablando, incluso manejando a su antojo. Sí manejando. El pobre chaval estaba colado por sus huesos y hacía todo lo que ella quería y cuando ella quería.

—Carlos, tenemos que quedar hoy para ir a la nave y bebernos unos litros. Es jueves, hoy toca fiesta hasta el domingo. Verás lo bien que lo pasaremos.

— No crees que nos estamos pasando Nadia? —dijo Carlos un poco agobiado.

—No te creas, la vida solo se vive una vez amigo y a lo mejor hoy tienes recompensa. Me entiendes, ¿no?

Era algo fácil de entender, por lo cual Carlos se hizo ilusiones y acepto a ir a la nave

—Está bien Nadia, iré, pero no te acostumbres. Además, yo no cataré ninguno de esos cigarritos que os metéis.

—Bueno puedes hacer lo que quieras. Pero los besos con sabor a humo gustan más y son mejores.

—Pero no sinceros —contestó el muchacho—. Está bien ya te he dicho que iré.

La nave no era nada más que una azucarera ya en desuso —derruida y destartalada—, donde todos los amigos de Nadia se reunían, para beber, fumar sustancias nocivas y descubrir el amor y practicarlo con desparpajo.

Llegado este momento, Juan se dio cuenta de que su hija, antes de irse, le dijo que su madre —Julia—, quería hablar con él. Se dirigió hacia la cocina donde encontró a su esposa.

—Bien cariño, ¿qué es lo que querías? Me ha dicho Nadia que querías hablar conmigo.

—Es que no te das cuenta, Juan. No ves que tu hija está cambiando, y no para bien, sino para todo lo contrario. Es mala, me hace trabajar más, no la vemos en días, algo malo pasa, Juan. Esta mañana le ha escupido al vecino, ¿lo ves bien? Vale que sea tu niña, pero hay cosas que no deberíamos consentir, y más en su estado.

—Julia, Nadia ya está bien.  Tampoco podemos ir detrás de ella todo el día. Aunque, por ejemplo —reflexionó—, a mí me ha contestado mal esta mañana, solo porque fui a abrir la persiana.  Fue muy brusca conmigo. Hablaré con Carlos, a ver si la nota rara. Sí, creo que eso haré.

Mientras tanto Nadia y Carlos se dirigían a la nave. Nadia llevaba una pequeña mochila con alimento, porque se iba a quedar hasta el domingo, Carlos no llevaba nada, él tenía decidido volverse a casa de seguro, era un chico sensato. Entraron al lugar y lo primero que se encontraron fue a Vanesa quemando una piedra de costo. Ya se estaba preparando su primer porro.

—Hola Vanesa, como te cuidas —dijo Nadia.

—Luego te lo paso, para que pegues unas caladas —contesta la otra.

—Vale amiga, ¿con quién te vas a liar hoy?

—No lo sé. Con quién se tercie, o según lo puesta que este… Je, je,je… Ese chico que traes no está mal —dice mirando a Carlos.

—Este creo que es para mí.

Según entraban a la nave había más gente. Alejandro mezclando el calimotxo, Mario sacando ginebra. Pepa con cartones de tabaco, y un radiocasete que casi no tenía sonido con música de esta que la llaman satánica.  Al llegar a su altura, Nadia se puso a bailar, menando a Carlos.

—Nadia, esto no me gusta y menos así de brusco, creo que poco durare aquí —dijo el joven.

—¿Cómo? ¿Qué me estás contando? Ya verás cómo te quedas —amenazó—.  Alejandro —llamó al otro—, pasa unos cachis de calimotxo, a ver si te gusta.

Los chicos estuvieron casi toda la noche bebiendo y escuchando música, hasta que los ojos de Nadia se quedaron mirando fijamente a los ojos de Carlos y los de Carlos a los de ella. Esto tenía síntoma de beso, hasta que cuando sus rostros se aproximaron, una mano repentina agarró la cara de Nadia y se la llevo a su boca. Era Alejandro, que estaba sentado al otro lado de Nadia.

—¿Pero esto qué es? — preguntó Carlos asombrado—. ¿Así es como os lo montáis aquí? Esto no me gusta Nadia. Me voy.

—¿Qué eres mi novio Carlos?

—Pues por eso, me has engañado.

El caso era que Nadia era la novia de Alejandro, pero Alejandro en realidad no quería nada con ella, solo la utilizaba.  Cuando él quería, era toda para él, pero también le servía de prostituta, cuando tenía clientes. Alejandro sabía qué hacer, y Nadia también, aunque solo se llevaba dos partes de las ganancias, lo demás era para Alejandro, un chollo para él, vamos.

Carlos se dirigía hacia su casa, enrabietado y un poco pimplado, cuando se encontró con el padre de Nadia.

—Hombre Carlos, contigo quería yo hablar.

—Hola Juan, encantado de hacerlo, y más en este momento.

—¿Tú has bebido Carlitos?

—Un poquito, pero no volverá a suceder.

—¿Sabes dónde y que está haciendo mi hija?

—Claro que lo sé.  Está en la antigua azucarera, liándose con todo el mundo, y ganando dinero. Juan, tu hija se prostituye, fuma porros y bebe mucho, además de estar loca, loquísima. Sé que estoy un poco bebido, pero sé lo que te digo.

—Llévame hasta allí por favor.

—Pues claro. Ahora mismo.

Mientras la pareja se dirigía a la azucarera, en el mismo recinto se estaba produciendo una auténtica bacanal. Lo que allí había era un despiporre de alcohol, sexual y de petardos. En todo este lío estaba metida Nadia, hasta que se empezó a marear y le dijo a Alejandro que por favor la acompañara a dar una vuelta.

—¿Qué te pasa Nadia? No me puedes quedar así, tengo más clientes, que hacen cola.

—Es que no puedo más.

—Está bien salgamos, pero luego volvemos

Los dos chicos salieron del recinto, y se pusieron a dar vueltas sin alejarse de él.

—Me has dejado un poco tirada chiquilla, ¿se te pasa? —reclamó Alejandro.

—No, y cada vez estoy peor, necesito una ambulancia —dijo Nadia.

—Vamos, ¿qué dices? No seas tonta —insistió impaciente.

—No, lo digo en serio. No puedo más.

Al terminar de decir esto, la muchacha se agarró a una farola dejándose deslizar sobre ella y cayéndose al suelo, desplomándose como un tronco.

—¡Nadia! ¡Nadia, responde! —decía mientras le daba palmadas en la cara— ¿Qué te pasa?  ¡Ayuda!  —gritó verdaderamente angustiado.

En ese momento llegaron Juan y Carlos.

—Hija, ¿qué te pasa? —preguntó Juan arrodillándose en el suelo, tocando las carótidas, pero la chica no respondía, ni se movía.

—No tiene pulso —anunció—. Tenemos que llamar a una ambulancia, y usted chaval no se mueva de mi lado, que a lo mejor tiene que dar explicaciones a más gente. Por cierto, ¿cómo se llama?

—Alejandro, señor —contestó asustado y blanco como las casas del sur español. Mientras tanto Juan llamó con su móvil al 112 para que viniera una ambulancia, que no tardó ni cinco minutos.

Ya en el hospital llegó Julia nerviosa y preocupada, pidiendo explicaciones, y preguntándose el por qué, qué habían hecho mal. Juan hablaba con el médico.

—No podemos hacer nada —decía el doctor—, su corazón no ha aguantado más, duró lo que duró, mucho alcohol, respiraciones rápidas y mucho tabaco. Lo siento Juan, Nadia ha muerto. Ha sido una vida demasiado rápida, tenía que habérselo tomado con más calma. Le acompaño en el sentimiento.

Mientras tanto Alejandro fue llevado a comisaría y Juan le comunicaba a Julia la muerte de su hija.

—Julia, Nadia ha muerto —informó—. No se pudo hacer nada. Los últimos años de su vida han sido muy alocados.  Quizás no nos hemos dado cuenta y teníamos que haber estado más pendiente de ella

—¿Que dices? ¿Mi hija muerta? —preguntó la madre incrédula—.  No puede ser, no puedo creérmelo. No quiero vivir, ya no valgo para nada, solo vivía por y para ella.

Al día siguiente en la habitación de Nadia solo estaba Julia limpiando los cristales, sin que nadie pegara su cara en ellos, ni dijera nada sobre la calle. Julia mientras limpiaba se le caía los lagrimones como un cocodrilo. En esto que entró Juan.

—Vamos Julia que tenemos que ir al entierro —dijo.

—¡Ay, Juan! No puedo.

—Pero tenemos que ir.

La agarró fuertemente con sus dos brazos y se la llevo rápidamente.  A la entrada del cementerio había un letrero que decía.

 

DEP

NADIA AGUIRRE HA FALLECIDO EL DÍA 25 DE JUNIO A LOS 17 AÑOS.

SUS PADRES Y AMIGO CARLOS, RUEGAN UNA ORACION POR ELLA.

FUNERAL A LAS 12 DE LA MAÑANA EN EL TANATORIO DEL PUEBLO.

INCENERACION A LAS 16.00 HORAS EN EL CREMATORIO DEL PUEBLO.

 

PERIS

https://http16498.wordpress.com/

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