LA AVARICIA DE SORAYA

Capítulo 5

 

Soraya se levantó y, sabiendo que ese día le tocaba ir al doctor, se metió en la ducha, se enjabonó y disfrutó del placer del agua recorriendo su cuerpo, una vez terminado se secó, se puso su mejor vestido y miró el reloj deduciendo que no llegaría a tiempo, se fue sin desayunar, no sin antes avisar al mayordomo que no sabía a qué hora iba a llegar y que de comer algo, suavecito, por que seguía sin tener ganas de nada. Con estas se dirigió a la puerta y se fue en busca de su madre todo lo más rápido que la muchacha podía, durante el trayecto se dio un par de traspiés hasta que llegó a la plaza donde siempre quedaba con su madre, ella hacía tiempo que ya había llegado.

–Hola, hija, ¿cómo llegas tan tarde?

–Perdone, madre, que casi me caigo, además, como ya sabes, lo hago todo lento.

–Tranquila, hija, lo entiendo, anda, vamos, que aún tenemos tiempo.

Una vez en el ambulatorio y ya dentro de la consulta el doctor dijo:

–Tranquila, Soraya, ya sabes que esto no tiene solución, que lo único que podemos hacer es intentar retrasar la enfermedad, y para eso mucha paciencia tendrás que tener.

–Ya lo sé, doctor, estoy dispuesta a hacer lo que usted me diga.

–Bien, pues te pondré un tratamiento para intentar que esto no vaya a más, te tendrás que pinchar, cada dos días, la enfermera te enseñará y verás lo bien que te irá.

–¿Está seguro, doctor? –dijo esto sin soltar de la mano a su madre.

–No, es que es lo que tienes que hacer, no tenemos otra cosa que darte, si te digo que no es nada, solo sentirás como si tuvieras un pequeño resfriado cada vez que te pinches, fiebre, dolor muscular, en fin, es algo que tienes que hacer, por eso te aconsejo que te pinches por la noche, así te quedarás dormida y no te enterarás, si tienes fiebre yo te recetaré paracetamol en aspirinas, eso es lo que tienes que hacer.

–Bien, doctor, eso haré, a partir de ahora es usted el que manda.

Soraya pasó a un cuarto donde la mandaron, y allí la esperaba una enfermera más bien gruesa, que sin decir nada más, empezó a explicar cómo tenía que pinchase, sacó como un bolígrafo gordo y como si a ella no la fuera a doler empezó a explicarla la situación y como lo tenía que hacer.

Cuando salieron del ambulatorio se marcharon madre e hija, con Soraya agarrada del brazo de su madre y con un bolso grande y verde colgado del hombro –eran todos los artilugios para poderse pinchar, esa sería la primera noche en que lo intentaría. Antes de ir a casa, se pasaron por una serie de tiendas donde realizaron varias compras, cuando su madre la dijo:

–Ahora sí que se lo tendrás que contar a José, te tendrás que pinchar y te pillará.

–No creas, madre, José no vive en casa, se puede decir, siempre tiene cosas que hacer fuera y no suele venir –la dijo incluso que si no le importaba que si podía ir a casa para estar con ella–, estoy siempre sola y con la servidumbre no me llevo muy bien, ni siquiera sé cómo se llaman…

–Uy, hija, ya sabes que no puedo, ¿quién se ocupa de tu padre?, me gustaría ayudarte, pero eso no va a poder ser.

La pareja siguió su andadura con más seguridad que otras veces puesto que iban agarradas y Soraya se sentía más a gusto. Cuando llegaron a su casa se despidieron con dos besos y su madre le dijo:

–Piensa, hija, que siempre estaré contigo y que deberías decírselo a tu marido.

Ya en casa comió una sopa de estrellitas y pescadilla rebozada, ella sola sin la servidumbre ni nada, si pensaba cómo lo iba a hacer por la noche, solo por si se atreverá o no, tenía un poco de miedo, el tema del horario sería fácil, lo haría antes de cenar.

Antes de ponerse a cenar, Soraya, con temor y nerviosismo, cogió una jeringuilla del frigorífico, amarró la bolsa verde que la dieron y se fue hacia el servicio, colocó todo como le habían indicado y metió la jeringa en el bolígrafo gordo que le habían dado, vio las zonas de pinchazos y empezó por orden, primero el brazo derecho; una vez decidida, lo hizo, se puso el bolígrafo sobre el brazo y apretó el botón del bolígrafo… ¡placa!, hizo un sonido espantoso, se quedó un poco blanca y pensó que como fuera siempre así, no sabría si podría aguantar.

Pasada una hora, oyó meter las llaves en la puerta de casa, José acababa de llegar.

–¿Qué tal, cariño, como has tenido el día? –dijo Soraya.

–Va, mucho papeleo y decisiones que realmente no me agradan, pero el presidente me lo ha ordenado, definitivamente subiremos los impuestos.

La pareja cenó junta, dialogando sobre qué tal les había ido el día, Soraya no mencionó que había estado al médico, se limitó a decir que había estado con su madre comprando ropa, y que había terminado bastante cansada, así como poniéndole sobre aviso.

–Me iré a la cama pronto.

–Entonces hoy tampoco nada de nada… –Soraya sabía a qué se refería.

–Me parece que no, cariño.

–Bueno, como quieras, pero sí me gustaría que supieses que me gustaría tener un hijo, a alguien quiero dejar de herencia mi fortuna.

–Yo por ahora no estoy para criar hijos, quién sabe el día de mañana.

Soraya se marchó a la cama dando un beso a su marido y pensando en lo que le había dicho. José hizo lo de siempre, se sentó en el sofá y, abriendo el cajón que tenía al lado, sacó un buen puro, pero este viaje había más cosas raras en el cajón, había un sobre el cual cogió y abrió sorprendido, era un aviso, en el cual ponía que, si no se le pasaba una parte de su renta a la banda terrorista ETA, sería asesinado sin ningún prejuicio; no hizo caso al comunicado, no le dio importancia y se fue a la cama con la mayor tranquilidad del mundo. A las cinco de la mañana más o menos, José empezó a notar que la cama temblaba, y avisó a su mujer, la tocó y estaba toda caliente.

–¡Soraya!, ¡Soraya!, ¡éstas ardiendo y temblando como si tuvieras miedo de algo!

–Pues yo más bien estoy helada.

– ¿No tendrás fiebre?

– Puede ser, tráeme un paracetamol que habrá en el botiquín.

Así pasaron los meses, con Soraya llena de moratones y ronchones de los pinchazos, además de estar todos los días con dolores musculares, y con José deseando tener un hijo o como lo queráis decir, con ganas de copular con su propia mujer y satisfacer sus deseos sexuales.

 

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