UNA TORMENTA DE AMISTAD

Capítulo 8

La ribera del rio estaba repleta de toda la gente del pueblo y comarcas adyacentes, entre ellos estaban María y Cipriano, que se encontraron casi de casualidad.

-Buenas noches, María de las Mercedes. -Ahora la llamaba así más bien de cachondeo.

-Hola, Cipri, déjate de tontadas, ayer a última hora de la noche no me llamabas así, ni me tratabas de usted.

-Que es broma, tonta -dijo agarrándola enseguida por la cintura con total confianza.

– ¡Huy, hijo, que te ha pasado!, pareces otro.

-Anda, calla e intentemos pasarlo lo mejor posible.

Estaba claro que, después de la noche anterior, Cipriano ya era otra persona, solo necesitaba un pequeño empujoncito para que saliera de su dejadez, y María parece que lo consiguió.

Las parrillas estaban todas llenas de aldeanos preparando el convite, en todo el medio había unas siete mesas todas montadas a la larga con sus respectivos bancos, la gente empezó a acomodarse, María junto a Cipriano, y por supuesto Elena muy pegada a Pedro, haciendo manitas.

La madre de Luis, que ese día sabía que hacían parrillada en la ribera, también acudió, pero fue sola, lo cual le extrañó a Pedro. ¿Y Luis donde se había metido?, estaba seguro de que esa noche Luis sabía lo de la fiesta por otros años. Las mesas estaban ya servidas cuando se oyó fuertemente:

– ¡Viva la Virgen del Carmen!

Y todos gritaron:

– ¡Viva!

El pueblo siguió comiendo y bebiendo, mientras María y Cipriano no paraban de darse besos; lo propio hacían Elena y Pedro, hasta que Pedro separó un poco a Elena y dijo:

-Ya está, ya lo tengo.

– ¿El qué? -dijo Elena.

Pedro le dio el beso más bonito del mundo a Elena y le dijo:

-Espérame aquí, que ahora vuelvo.

Pedro salió corriendo hacia el monte y empezó a subir con todas sus fuerzas, haciéndose arañazos por cada matorral que pasaba, hasta que llegó al sitio donde siempre se solía poner con Luis. Efectivamente, ahí estaba.

-Lo sabía, sabía que estabas aquí.

-Pues claro, es obvio, si no, donde iba a estar, ¿viendo cómo me traicionas y me hacéis sufrir? No me lo esperaba de ti.

-Luis, te lo iba a explicar, pero la verdad es que no he tenido ni tiempo. Yo conozco a Elena desde que éramos pequeños, y ella ha ido creciendo y creciendo, y casi sin darnos cuenta…

– ¡Anda, calla, traidor, calla!, que sepas que mañana cojo el tren para Barcelona, no quiero saber nada de vosotros dos, pero nada.

De repente, la temperatura comenzó a bajar bruscamente y al fondo se deslumbraban relámpagos, y se oían truenos a lo lejos.

-Anda, Luis, recoge, que tengo la intuición de que se aproxima una tormenta de verano, y aquí en el monte ha bajado la temperatura, va a caer una gorda.

– ¡Te he dicho que me dejes en paz!

-Vamos, Luis, anda, tú mismo lo estarás viendo con tus propios prismáticos, me parece que a la gente se le ha acabado la fiesta.

– ¡Que me olvides! Y deja de hablar conmigo.

De repente empezó a llover levemente y atronar fuertemente.

– ¿Ves?, te lo dije.

Luis se puso burro y hacía como si no oyera a Pedro. Empezó a granizar muy fuertemente, y ahí estaban los dos, uno burro y otro intentándole convencer, como buen amigo que era. Un rayo cayó a lo lejos produciéndose un gran resplandor y formando una figura muy extraña.

– ¿Lo has visto, Pedro, ¿lo has visto? ¡Hay vida, hay más gente en el mundo! ¡Dime que lo has visto!

Evidentemente, Pedro no vio nada más que un simple rayo y agua, mucha agua.

-Anda, déjalo, que nos va a entrar cualquier cosa.

– ¡Dime que lo has visto! ¡Anda, dímelo!

-Sí, Luis, lo he visto, lo he visto -tuvo que decir Pedro, solo y únicamente para irse de una santa vez, aquello ya parecía el diluvio universal-. ¡Pero vámonos ya!

A Luis le costó hacer caso, pero al final recogió y, con toda la chaparrada que estaba cayendo, empezaron a descender de la montaña. Cuando llegaron al pueblo ya no había nadie, y cada uno se fue a sus respectivas casas.

-Adiós, Luis, adiós, espero que tengas una buena vida en Barcelona, y encuentres una gran mujer.

-Déjame en paz, anda.

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